Jane Eyre
Jane Eyre Iba a decir que suponÃa que podÃa quedarme en la casa hasta encontrar otro techo donde cobijarme, pero me callé, presintiendo que mi voz no aguantarÃa una frase tan larga sin quebrarse.
—Espero ser un hombre casado en el plazo de un mes —prosiguió el señor Rochester—, y en el Ãnterin me ocuparé de buscarle casa y empleo.
—Gracias, señor. Lamento darle…
—¡No tiene de qué disculparse! Creo firmemente que alguien que ha cumplido con su trabajo tan bien como lo ha hecho usted tiene derecho a pedir al señor que use toda la influencia que posee en su beneficio. En realidad, mi futura suegra me sugirió un lugar que creo que podrá ajustarse a lo que busca: se trata de la educación de las cinco hijas del la señora de Dionysius O’Gall, de Bitternut Lodge, en Connaught, Irlanda. Creo que Irlanda le gustará. Dicen que sus habitantes son gente muy hospitalaria.
—Está muy lejos, señor.
—Eso no es ningún problema: una joven tan sensata no puede albergar ningún temor a un simple viaje.
—No al viaje, pero sà a la distancia. Y, además, en medio está la barrera del mar…
—¿De qué la separará esa barrera, Jane?
—De Inglaterra, de Thornfield. Y…
—¿S�
—De usted, señor.