Jane Eyre
Jane Eyre Lo dije casi sin querer y, de forma involuntaria, también las lágrimas traicionaron mi voluntad. Por suerte, era un llanto quedo, libre de sollozos. La idea de una señora O’Gall de Bitternut Lodge me heló el corazón, pero más me lo helaba la corriente de acontecimientos conjurados para separarme del señor, a cuyo lado paseaba ahora, y más aún el recuerdo de la inmensidad del océano: la riqueza, la clase social y la costumbre se aliaban en contra de mà y de aquel hombre, alzando entre los dos un muro sólido e inexpugnable.
—Está muy lejos —repetÃ.
—SÃ, lo está. Tiene usted razón: cuando se aloje usted en Bitternut Lodge, no volveremos a vernos, Jane. Eso no puedo negarlo. Nunca voy a Irlanda; es un paÃs que no despierta en mà ninguna atracción. Y nos hemos hecho buenos amigos, ¿verdad?
—SÃ, señor.
—Y cuando los amigos están al borde de la separación, gustan de pasar muy cerca el poco tiempo que les queda. Venga: hablaremos del viaje y de la despedida con calma, durante una media hora, mientras las estrellas se abren a la vida y comienzan a alumbrar el firmamento. Aquà está el castaño de Indias, y el banco situado sobre sus viejas raÃces. Sentémonos en paz esta noche aunque sepamos que esta escena no va a repetirse, que nunca volveremos a sentarnos juntos.
Tomó asiento y me ayudó a hacerlo.