Jane Eyre

Jane Eyre

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La vehemencia de la emoción, acentuada por la pena y el amor que sentía, clamaba a gritos por dominarme y reivindicaba su derecho a darse a conocer, a sobrevivir, a levantarse en armas y reinar por fin. ¡Y sí, a hablar!

—Lamento dejar Thornfield. Amo este lugar. Lo amo porque he vivido en él una vida deliciosa y plena, aunque haya sido por poco tiempo. Nadie me ha impuesto nada. Nadie me ha asustado. No me han asaltado sentimientos de inferioridad ni he sido excluida de la proximidad de todo lo que es brillante, hermoso, fuerte y elevado. He hablado con plena libertad, cara a cara, con alguien a quien admiro y con quien me divierto… con una mente original e ingeniosa. Le he conocido a usted, señor Rochester. Y la idea de separarme de usted para siempre me llena de terror y de angustia. Quiero creer que mi partida es tan necesaria como inevitable es la muerte.

—¿Dónde radica esa necesidad? —inquirió de repente.

—¿Dónde? Ha sido usted, señor, quien la ha puesto ante mis ojos.

—¿Cuándo?

—Cuando me habló de la señorita Ingram, una hermosa mujer de buena cuna, su esposa.

—¡Mi esposa! ¿Qué esposa? ¡No estoy casado!

—Pero lo estará.


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