Jane Eyre
Jane Eyre —SÃ, lo estaré. ¡Lo estaré! —dijo con los dientes apretados.
—Entonces, debo irme. Usted mismo lo dijo.
—¡No, quédese! Le juro que no la dejaré marchar.
—¡Le digo que debo irme! —repliqué, encendida por algo parecido a la pasión—. ¿Cree que puedo quedarme aquà si no significo nada para usted? ¿Cree que soy una especie de autómata, una máquina sin sentimientos que puede vivir sin un mÃsero pedazo de carne ni una gota de agua? ¿Cree que porque soy pobre, silenciosa, discreta y menuda soy también un ser carente de corazón y de alma? Pues se equivoca: ¡mi alma es tan real como la suya, y también mi corazón! Y si Dios me hubiera dotado de un poco más de belleza y de mucho más dinero, le habrÃa puesto tan difÃcil abandonarme como lo es para mà ahora tener que dejarle. No le hablo de costumbres, ni de formalismos, ni siquiera de la carne mortal: es mi espÃritu el que se dirige al suyo, como si ya ambos hubieran cruzado el umbral de la muerte y se encontraran como iguales postrados ante Dios. ¡Porque asà somos, iguales!
—¡Asà somos! —repitió el señor Rochester—. Iguales —añadió, rodeándome con sus brazos, acercándome a su pecho y apretando sus labios contra los mÃos—, ¡iguales, Jane…!