Jane Eyre

Jane Eyre

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—Jane, tranquilícese. Está demasiado nerviosa. Yo también debo calmarme.

Una ráfaga de viento se deslizó por el paseo de laureles y movió las ramas del castaño; luego se fue, lejos… hasta morir. El canto del ruiseñor se convirtió entonces en el único sonido del momento. Al escucharlo, volví a llorar. El señor Rochester seguía sentado, más sereno, mirándome con ojos gentiles y serios.

—Venga a mi lado, Jane —dijo por fin—, e intentemos entendernos.

—Nunca volveré a su lado. Me he apartado y no puedo volver.

—Pero, Jane, se lo pido como a mi esposa. Es usted la única persona con quien pienso casarme.

Seguí en silencio. Pensé que se reía de mí.

—Vamos, Jane, acérquese.

—Su esposa se interpone entre ambos.

Saltó a mi lado.

—Mi esposa está aquí —dijo, tomándome de nuevo en sus brazos—, porque aquí está mi igual, aquí está la mujer a quien amo. Jane, ¿se casará conmigo?

No respondí y volví a zafarme de su abrazo. No podía creerle.

—¿Duda de mí, Jane?

—Completamente.

—¿No tiene usted fe en mí?

—Ni un ápice.


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