Jane Eyre
Jane Eyre —AsÃ, ¿a sus ojos no soy más que un mentiroso? —preguntó apasionadamente—. Pequeña escéptica, acabaré convenciéndola. ¿Qué amor siento yo por la señorita Ingram? Ninguno, y usted lo sabe. ¿Qué amor siente ella por mÃ? Ninguno, como ha demostrado: divulgué el rumor de que mi fortuna ascendÃa a un tercio de lo que se suponÃa y después fui a verla. La entrevista con ella y su madre no pudo ser más gélida. Nunca me casarÃa con la señorita Ingram, no podrÃa. Es a usted, criatura extraña y sobrenatural, a quien quiero más que a mà mismo. A usted, pobre, sencilla y menuda, es a quien pido que me acepte como esposo.
—¿A mÃ? —farfullé, porque su ansia y su falta de moderación comenzaban a confirmarme la sinceridad de su propuesta—. ¿A mÃ, que no tengo otro amigo en el mundo aparte de usted, si es que lo es, ni poseo más dinero que el que usted me ha dado?
—A usted, Jane. La quiero para mÃ, solo para mÃ. ¿Será mÃa? Diga que sÃ, rápido.
—Señor Rochester, vuélvase hacia la luz de la luna. Quiero ver su rostro.
—¿Para qué?
—Porque quiero ver su expresión. ¡Vuélvase!
—No leerá en ella mejor que en los fragmentos de una página rota. Lea, pues. Solo le pido que lo haga deprisa, porque el sufrimiento me acucia.