Jane Eyre
Jane Eyre —Veremos ParÃs, Roma, Nápoles, Florencia, Venecia y Viena. Deseo recorrer contigo las capitales que yo he visto antes: quiero que dejes tu huella de sÃlfide en los lugares donde yo estampé mi basta pezuña. Hace diez años, recorrà toda Europa: iba como un loco, rebosante de odio y de rabia, al igual que los que me acompañaban. Ahora quiero volver a verlo todo desde la paz y el sosiego, con el consuelo de este ángel que tengo junto a mÃ.
Me reà al oÃr sus palabras.
—Yo no soy un ángel, señor —aseguré—. Y no llegaré a serlo hasta que me muera. Soy solo yo, señor Rochester. No busque en mà nada celestial, porque no lo hay; como tampoco lo hay en usted, ni yo lo espero.
—¿Qué esperas de m�
—Durante un tiempo, no demasiado, seguirá como ahora, pero luego empezará a enfriarse y a mostrarse caprichoso. Con el tiempo, su carácter se hará más duro y difÃcil de complacer. Sin embargo, una vez se haya acostumbrado a mÃ, tal vez vuelva a apreciarme, y conste que he dicho aprecio y no amor. Supongo que la pasión se evaporará en seis meses o quizá menos. He observado que esa es la duración máxima que asignan los libros al ardor de un marido. Pese a todo, espero que, como amiga y compañera, mi presencia nunca se convierta en algo desagradable para mi querido señor.