Jane Eyre
Jane Eyre Me alegró salir por fin de la tienda, pero luego me llevó a una joyerÃa. Cuantas más cosas compraba para mÃ, mayor era el ardor que cubrÃa mis mejillas debido a un vergonzoso sentimiento de inferioridad. Mientras nos acomodábamos de nuevo en el carruaje y yo tomaba asiento, nerviosa y febril, recordé que en el tumulto de acontecimientos, tanto los buenos como los malos, habÃa olvidado por completo la carta escrita por mi tÃo, John Eyre, a la señora Reed, en la que exponÃa su intención de adoptarme y hacerme heredera de su fortuna. «Lo cierto es que serÃa un consuelo disponer de un poco de independencia: no podré soportar que el señor Rochester me vista como a una muñeca o me siente como una nueva Dánae bajo un chorro de oro. En cuanto llegue a casa, enviaré una carta a Madeira e informaré a mi tÃo John de que voy a casarme y con quién. Si sé que puedo aportar alguna dote a la fortuna del señor Rochester, soportaré mejor la idea de que él me mantenga», pensé. Y algo aliviada por esta ocurrencia (que llevé a cabo ese mismo dÃa), me atrevà de nuevo a mirar a mi señor y enamorado a los ojos, que no cesaban de buscarme con insistencia mientras yo le rehuÃa. Sonrió, y pensé que su sonrisa era como la que un sultán satisfecho dirigirÃa a una de las esclavas a la que habÃa cubierto de oro y joyas. Con decisión, estrujé su mano entre mis dedos y la aparté de la mÃa, roja de enfado.