Jane Eyre
Jane Eyre —No hace falta que me mire asà —dije—. Y, si lo hace, no me pondré otro vestido que no sean los que traje de Lowood hasta el fin de mis dÃas. Me casaré con este sencillo traje de percal que llevo ahora: usted puede hacerse un traje nuevo con la seda de color gris perla y aprovechar el satén negro para confeccionarse una buena colección de chalecos.
Chasqueó la lengua y se frotó las manos.
—¡Oh, qué dulce resulta verte y oÃr tus palabras! —exclamó—. ¿No es original? ¿No es atrevida? No cambiarÃa a esta joven inglesa por todas las mujeres del harén de un sultán turco, por muchos ojos de gacela y formas voluptuosas que tuvieran.
La alusión oriental me molestó.
—Ni se le ocurra compararme con las mujeres de un serrallo, señor. Si es eso lo que busca, váyase a los bazares de Estambul sin perder tiempo y emplee todo su dinero en esclavas. ¡De la forma en que lo malgasta, da la impresión de no saber qué hacer con él!
—¿Y tú, Jane, qué harÃas mientras yo regateo para comprar tantas toneladas de carne y un surtido de ojos negros?