Jane Eyre
Jane Eyre —Prepararme para ir de misionera a esos lares con el fin de inculcarles el sentimiento de libertad a todas esas mujeres, incluidas las que forman su harén. HarÃa que me admitieran y provocarÃa un motÃn. Y cuando usted, malvado pachá, acabara con las manos esposadas por gruesos grilletes, no accederÃa a cortar esas cadenas hasta que hubiera dictado la proclama más liberal que un tirano instauró jamás.
—No me importarÃa depender de tu piedad, Jane.
—No tendrÃa la menor piedad, señor Rochester, si me suplicara con una mirada como esta. Con ese aspecto, no tendrÃa dudas de que cualquier edicto que jurara bajo coacción quedarÃa sin valor en cuanto recobrara la libertad.
—¿A qué viene todo esto, Jane? Temo que me obligues a celebrar una ceremonia privada, además de la boda ante el altar, en la que estipularás unas condiciones bastante peculiares. ¿Cuáles serÃan?
—Solo quiero tener libertad, señor, no sentirme obligada a usted por un exceso de obligaciones. ¿Recuerda lo que dijo de Céline Varens? ¿Los diamantes y los cachemires que le regalaba? No quiero ser su Céline Varens inglesa. Seguiré siendo la institutriz de Adèle: asà me ganaré comida y alojamiento, además de treinta libras al año. Me ocuparé de llenar mi guardarropa con ese dinero y usted no tendrá que darme nada más que…