Jane Eyre
Jane Eyre —¿Qué, Jane?
—Su atención, y si a cambio yo le concedo la mÃa, estaremos en paz.
—Desde luego, en lo que se refiere a imprudencia y orgullo no hay en el mundo otra como tú. ¿Te apetece cenar conmigo esta noche? —preguntó cuando cruzábamos la verja de Thornfield.
—No, señor, gracias.
—¿Y por qué ese «no, gracias», si me permite la pregunta?
—Nunca he cenado con usted, señor, y no veo ninguna razón para hacerlo si…
—¿Si qué? Te encanta dejar las frases a medias.
—Si puedo evitarlo.
—¿Acaso supones que en la mesa tengo las maneras de un ogro? ¿Te da miedo comer en mi compañÃa?
—No me he formado ninguna opinión al respecto, señor, pero prefiero seguir haciendo vida normal durante otro mes.
—Abandonarás tu esclavitud de institutriz ahora mismo.
—Pues, señor, y perdone, no pienso hacerlo. Tengo la intención de seguir con mi vida de siempre. Me mantendré lejos de su camino durante el dÃa, como ha sido costumbre: si tiene ganas de verme, deberá esperar a la tarde y yo acudiré. Solo a esa hora.