Jane Eyre
Jane Eyre Lo hice, pero no tardó en echarme de la banqueta llamándome «pequeña inútil». Y así, sin ceremonias, justo como deseaba, él ocupó mi lugar y se dispuso a acompañarse a sí mismo. Era tan buen pianista como cantante. Yo me senté en el alféizar de la ventana y observé el paisaje poblado de árboles serenos y prados en sombras mientras el aire se llenaba de una dulce melodía:
Cuando el amor puro invade
al corazón con su manto,
la pasión recorre el cuerpo
en olas de miel y llanto.
Su llegada era el rocío,
su partida mi sequía,
un retraso, la tortura
que el corazón me oprimía.
¡Lo único que ansiaba
era tenerla a mi lado,
y a ello dediqué alma y cuerpo
sin reservas, sin engaños!
Pero nos separaba un trecho
escarpado y pedregoso,
un océano de espuma
violento, un negro foso.
Como un ladrón perseguido
por el bosque de la vida,
Poder, Razón, Pena y Enojo