Jane Eyre
Jane Eyre entre ambos se interponían.
Desafié peligros, desoí advertencias
todo lo ignoraba por tenerla cerca,
ni las amenazas ni los peores llantos
pudieron quebrar mi decisión terca.
Mi paso se aceleraba
cabalgaba sobre el viento,
raudo como una centella,
frágil como un pensamiento.
Ahora sé que las nubes
enturbiarán nuestro trecho.
Pero no me importa, amor mío,
sé que el sol está al acecho.
No me atormentan pesares, ni dudas,
ni me embarga otro anhelo
que no sea el de abrazarte,
estrecharte contra el pecho.
Y, aunque mi condena sea el fuego eterno,
aunque la razón me arroje sus dudas
aunque el poderoso Dios decrete mi muerte,
soy feliz: ya nada me turba.
Ella me ha dado su mano,
ella me ha dicho, «sí, quiero.»
Y con esas palabras dulces, de compromiso sincero
hemos hecho un juramento:
Viviremos juntos, morirá conmigo,