Jane Eyre
Jane Eyre No eran solo las prisas de los preparativos los causantes de esa inquietud, ni tampoco la intuición de la nueva vida que se abriría ante mí en pocas horas. Es obvio que ambas circunstancias contribuían a crear ese estado de nerviosismo que me hacía salir a esas horas a los oscuros campos, pero había algo más: una tercera causa que influía en mi estado de ánimo.
Un presagio extraño me atenazaba el corazón. Un acontecimiento que escapaba al alcance de mi comprensión había tenido lugar la noche anterior. Solo yo había sido testigo de ese suceso, ya que el señor Rochester se hallaba ausente y aún no había regresado: unos asuntos que quería dejar zanjados antes de nuestro viaje al continente habían reclamado su presencia en unas granjas que poseía a cincuenta kilómetros. Lo único que podía hacer era esperar su retorno, ansiosa de aliviar mi mente de las preocupaciones que la acechaban y de encontrar en él una solución al angustiante enigma. Quédate hasta que llegue, lector, y así, cuando le desvele el secreto, compartirás con él mis confidencias.