Jane Eyre
Jane Eyre Me dirigí hacia el huerto para refugiarme del viento del sur, que no había parado de soplar en todo el día, sin traer a cambio ni una gota de lluvia. A medida que avanzaba la noche, el viento pareció enfurecerse y aumentar el brío de su rugido: los árboles llevaban más de una hora inclinados hacia un lado, incapaces de mantener las ramas erguidas ante aquella fuerza que las empujaba hacia el norte; las nubes se movían sin parar en una sucesión constante de masas oscuras resueltas a ocultar el sol durante todo aquel día de ese mes de julio.
Debo admitir que sentí un cierto placer salvaje en correr frente al viento, descargando mis dilemas en el potente torbellino de aire que sacudía el espacio. Al descender por el paseo de los laureles, me enfrenté a los restos del viejo castaño. Ahí estaba, partido y carbonizado. El tronco, cortado en dos, parecía un moribundo que ansiara respirar. Aunque las dos mitades no estaban del todo separadas —la fuerza de las raíces y la solidez de la base las mantenían ligadas por debajo del suelo—, todo signo de vida estaba destruido: ya no fluía por ellas ni una gota de savia. Las inmensas ramas estaban muertas; las tormentas del próximo invierno les darían el golpe de gracia, derribándolas al suelo. Pese a todo, aún podía decirse que era un árbol; tal vez arruinado y muerto, pero su esencia seguía allí.