Jane Eyre
Jane Eyre «Hacéis bien en sosteneros una a otra —les dije, como si esos trozos de madera monstruosos fueran seres vivos y pudieran oÃrme—. Pese a vuestro aspecto herido, negro y derrotado, queda en vosotras algún signo de vida: os mantenéis unidas por las fieles y honestas raÃces. Nunca volveréis a tener hojas verdes, los pájaros no anidarán de nuevo en vosotras ni entonarán melodÃas; el tiempo del amor y el placer ha terminado, pero al menos no estáis solas: ambas compartÃs esa decadencia.» Al levantar la mirada hacia la copa, la luna apareció por un instante en el fragmento de cielo que penetraba por la fisura del tronco. Era un disco rojo como la sangre y estaba parcialmente cubierto. ParecÃa lanzarme una mirada cargada de incertidumbre y de temor, pero enseguida se ocultó otra vez detrás de una gran masa de nubes. El viento dejó de soplar sobre Thornfield durante un segundo; a lo lejos, más allá del bosque y del agua, soltaba su gemido salvaje y melancólico. Me entristecÃa y huà de él.