Jane Eyre
Jane Eyre Deambulé un rato por el huerto, recogiendo algunas manzanas que habían caído del árbol sobre la hierba que cubría las gruesas raíces. Más tarde, me dediqué a separar las maduras de las verdes, volví a casa y las dejé en la despensa. Luego pasé por la biblioteca para asegurarme de que el fuego siguiera encendido; estaba segura de que, aunque estábamos en verano, al señor Rochester le gustaría ver una buena lumbre cuando llegara. Sí, alguien había avivado el fuego y este ardía con fuerza. Coloqué su butaca en uno de los lados de la chimenea y arrastré la mesa junto a ella; corrí la cortina e hice que trajeran algunas velas. La inquietud que me atosigaba era tan grande que no pude sentarme una vez hube terminado de realizar estas pequeñas tareas; ni siquiera me sentía con ánimos de quedarme en el interior de la casa. El reloj pequeño de la biblioteca y el gran carrillón del vestíbulo dieron las diez al mismo tiempo.
«¡Qué tarde se está haciendo! —me dije—. Bajaré hasta la verja. A ratos sale la luna e ilumina el sendero. Él no puede tardar, y adelantarme a su llegada a la casa me ahorrará unos minutos de angustia.»