Jane Eyre
Jane Eyre El viento rugía por encima de los enormes árboles que rodeaban la verja, pero, por lo que pude ver, los dos lados del camino seguían tranquilos y solitarios: habría sido una larga y pálida línea, inmóvil bajo la luna, si el paso de las nubes no lo hubiera ensombrecido de vez en cuando.
Una lágrima infantil se asomó a mis ojos mientras esperaba, una muestra de disgusto e impaciencia. Avergonzada, la enjugué. Caminé sin rumbo. La luna decidió encerrarse en sus aposentos y corrió la cortina de densas nubes tras ella: la noche se hizo más oscura y la lluvia se acercó, cabalgando sobre el vendaval.
«¡Ojalá llegue pronto! ¡Ojalá ya estuviera aquí!», exclamé, agitada por un negro presagio. Debía llegar antes de la hora del té, y, sin embargo, no teníamos aún noticias suyas. ¿Qué podía retenerle hasta tan tarde? ¿Habría sufrido un accidente? Lo sucedido la noche anterior volvió a mi memoria y lo interpreté como el augurio de un desastre. Las esperanzas que albergaba eran demasiado hermosas para que se hicieran realidad. Eran tantas las alegrías que había vivido últimamente que supuse que mi fortuna había llegado al cenit y empezaba por tanto a declinar.