Jane Eyre
Jane Eyre «No puedo volver a casa —pensé—. Soy incapaz de sentarme junto al fuego mientras él está a merced de este tiempo inclemente: prefiero fatigar las piernas a sentir ese peso que me oprime el corazón. Me adelantaré a recibirle.»
Salà a buen paso, pero no tuve que ir muy lejos. No habrÃa recorrido ni quinientos metros cuando el inconfundible sonido de un caballo que se acercaba llegó a mis oÃdos. Un jinete se acercaba al galope con un perro trotando a su lado. ¡Adiós, malos presagios! Era él: ahà estaba, montado sobre Mesrour y seguido de Pilot. Me vio, pues la luna habÃa dibujado un claro en el cielo y brillaba anunciando agua. Él me saludó moviendo el sombrero al viento. Yo corrà hacia él.
—¡Vaya! —exclamó, mientras me alargaba la mano y se inclinaba hacia m×. Está claro que me echas de menos. Apóyate en la punta de la bota, dame las dos manos, ¡y sube!
Le obedecÃ. La alegrÃa me habÃa dado agilidad y salté a lomos del animal. Me recibió con un beso de bienvenida y otras manifestaciones de contento que soporté tan bien como pude. Interrumpió un momento sus exultantes muestras para preguntar:
—¿Ha sucedido algo, Jane, que te haya hecho venir a recibirme a estas horas? ¿Pasa algo malo?