Jane Eyre
Jane Eyre —No. Pensé que no llegarÃa nunca, señor. No podÃa soportar seguir esperándole en la casa, con este tiempo lluvioso y desapacible.
—¡SÃ, llueve y el viento es fuerte! Tiemblas como una sirena. Ponte la capa alrededor. Creo que tienes fiebre, Jane. Te arde la mano, y también las mejillas. Repito la misma pregunta: ¿hay algo que quieras contarme?
—Ya nada. No tengo miedo ni me siento desgraciada.
—¿Sentiste ambas cosas?
—SÃ. Pero temo que se reirá de mà cuando se lo cuente, señor.
—No me atreveré a reÃrme de ti hasta que el dÃa de mañana haya pasado. Hoy todavÃa no tengo el premio seguro en mis manos. Un premio que se ha mostrado resbaladizo como una anguila durante todo este mes, doloroso como una rosa con espinas. Pusiera donde pusiera el dedo, me pinchaba… Y ahora, en cambio, tengo en brazos a un cordero asustado que se escapó de la granja en busca de su pastor, ¿no es asÃ, Jane?
—QuerÃa verle. Pero no se enorgullezca tanto de ello. Ahora que hemos llegado a Thornfield, déjeme bajar.