Jane Eyre
Jane Eyre —No podrÃa, señor. No hay palabras para describir mis sentimientos. DesearÃa que este momento no acabara nunca. ¿Quién sabe qué destino nos deparará el nuevo dÃa?
—No seas hipocondrÃaca, Jane. Has estado sometida a mucha excitación, has trabajado demasiado…
—Señor, ¿se siente sereno y feliz?
—¿Sereno? No… ¡Pero feliz! Feliz hasta la médula.
Le miré para descubrir en su rostro señales de esa felicidad. Le vi ardiente y enrojecido.
—ConfÃa en mÃ, Jane. Cárgame con el peso que oprime tu mente. ¿Qué es lo que temes? ¿Qué no resulte ser un buen marido?
—Nada más lejos de mis pensamientos.
—¿Te pone nerviosa el hecho de acceder a una nueva esfera social, a un nuevo estilo de vida?
—No.
—Me confundes, Jane. Me inquieta el tono de tu voz, y esa mirada triste y desafiante a la vez. Quiero una explicación.
—Entonces, haga el favor de escucharme, señor. Usted no estuvo en casa la noche pasada.