Jane Eyre

Jane Eyre

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—Tuve otro sueño, señor. Vi Thornfield Hall en ruinas, invadido por murciélagos y búhos. De la fachada principal solo quedaba un muro desconchado, alto y frágil. Había luna llena, y mientras deambulaba sobre los hierbajos que habían crecido alrededor, tropecé con un pedazo de la chimenea de mármol y luego con un trozo de la cornisa que se había desprendido del techo. Aún llevaba en los brazos aquel bebé desconocido, envuelto en un chal. Era incapaz de dejarlo en ningún sitio, por mucho que me pesara y por mucho que ese peso entorpeciera mi avance. Hasta mí llegó el rumor de un caballo lejano: estaba segura de que era usted, que partía al extranjero por mucho tiempo. Histérica, exponiéndome al peligro, escalé el muro, ansiosa por verle antes de que se fuera. En mi ascenso las piedras rodaban bajo mis pies y las ramas de hiedra me impedían el paso; el bebé se agarraba a mi cuello con fuerza, aterrado, hasta casi estrangularme. Por fin, llegué a la cima. Le vi, galopando como una flecha sobre el camino blanco, haciéndose más pequeño a cada momento. Estaba al límite de mis fuerzas, me senté en el borde del muro y coloqué al bebé en mi regazo. Entonces usted dobló un recodo del camino y yo me incliné para verle por última vez. El muro crujió y yo me agarré a él; el niño resbaló de mis rodillas, perdí el equilibrio, me caí y desperté.

—Bueno, Jane, ya ha pasado todo…


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