Jane Eyre
Jane Eyre —Esto fue solo el principio, señor. La historia acaba de empezar. Cuando desperté, distinguí un resplandor. Pensé que ya era de día, pero me equivoqué: era solo la luz de una vela. Supuse que se trataba de Sophie. Había luz en el tocador, y la puerta del armario donde había colgado el vestido de novia antes de acostarme estaba abierta. Oí un crujido procedente de allí y grité: «¿Eres tú, Sophie? ¿Qué haces ahí?». Nadie respondió, pero una silueta emergió del armario. Cogió la vela, la sostuvo en lo alto y contempló los adornos que colgaban de la percha. Volví a gritar «¡Sophie! ¡Sophie!», pero solo me respondió el silencio. Me incorporé en la cama y me incliné. Al principio me detuvo la sorpresa, señor, pero esta enseguida cedió el paso al terror y la sangre se me heló en las venas. Señor Rochester, no era Sophie, ni Leah, ni la señora Fairfax. Ni tampoco, y estoy segura de ello, era esa extraña mujer, Grace Poole.
—Tuvo que ser una de ellas —interrumpió el señor.
—No, señor. Se lo juro. No había visto esa silueta en todo el tiempo que llevo en Thornfield Hall. Tanto su altura como su aspecto me eran desconocidos.
—Descríbela, Jane.