Jane Eyre
Jane Eyre —Me pareció una mujer, señor, alta y grande, con espesos y oscuros cabellos colgando a su espalda. Ignoro qué vestido llevaba: era blanco y recto, pero no puedo decir si era un camisón, una sábana o una mortaja.
—¿Le viste la cara?
—Al principio no. Pero entonces cogió el velo, lo levantó, lo observó con atención, se lo puso en la cabeza y se volvió hacia el espejo. En ese momento sus rasgos se proyectaron con absoluta nitidez en el oscuro cristal ovalado.
—¿Cómo eran?
—Terribles, pavorosos… ¡Señor, nunca había visto una cara como aquella! Carecía de color, había algo salvaje en ella. ¡Ojalá pudiera olvidar esos ojos enrojecidos y esa tremenda hinchazón que cubría su semblante!
—Los fantasmas suelen estar pálidos, Jane.
—Este no, señor. Era más bien violáceo. Tenía los labios hinchados y ennegrecidos; la frente arrugada y las cejas espesas dibujadas sobre unos ojos inyectados en sangre. ¿Le digo a quién me recordó?
—Como desees.
—A ese espectro germánico, el Vampiro.
—¡Ah! ¿Y qué hizo?
—Señor, se quitó el velo de la cabeza, lo rasgó en dos mitades, las tiró al suelo y las pisoteó.
—¿Y después?