Jane Eyre
Jane Eyre —Corrió la cortina de la ventana y miró al exterior. Quizá se diera cuenta de que no tardarÃa mucho en amanecer, y, cogiendo de nuevo la vela, se retiró hacia la puerta. Justo cuando pasaba por mi lado, la figura se detuvo: me miró con aquellos ojos enfebrecidos, me acercó la vela a la cara y la apagó bajo mis ojos. Era consciente de que tenÃa los ojos clavados en los mÃos. Me desmayé: por segunda vez en mi vida, el terror me venció.
—¿Quién estaba a tu lado cuando recobraste la consciencia?
—Nadie, señor. Era ya de dÃa. Me levanté, metà la cabeza y la cara bajo el chorro agua y luego bebà un buen trago. Me sentà débil, pero no enferma, y decidida a no contar a nadie lo sucedido excepto a usted. ¡Señor, dÃgame ahora quién o qué era esa mujer!
—El resultado de un cerebro demasiado agitado, eso seguro. Debo tener cuidado contigo, querida. Unos nervios como los tuyos no están hechos para emociones fuertes.
—Señor, puedo asegurar que no les pasa nada malo a mis nervios. La imagen era real: el encuentro tuvo lugar.