Jane Eyre
Jane Eyre —¿Y los sueños anteriores también fueron reales? ¿Thornfield Hall es ahora una ruina? ¿Existen obstáculos insalvables que nos separan? ¿Acaso te he abandonado sin soltar una lágrima, sin un beso de despedida, sin un adiós?
—Aún no.
—¿Y crees que voy a hacerlo? Una vez pasado el dÃa en que nos unamos de forma indisoluble, juro que me ocuparé de que estos terrores imaginarios no vuelvan a afectarte.
—¡Terrores imaginarios! Ojalá fuera solo eso; desearÃa creerlo más que nunca, ahora que veo que ni siquiera usted es capaz de explicar esa horrenda aparición.
—Señal de que no es real, Jane.
—Pero, señor, lo mismo me he dicho yo esta mañana. He recorrido la habitación con la mirada buscando consuelo en los objetos familiares a la luz del dÃa, y entonces, sobre la alfombra, he visto algo que contradecÃa esta tranquilizadora hipótesis: el velo, rasgado en dos mitades.
Advertà que el señor Rochester estaba temblando; me estrechó entre sus brazos con fuerza.
—¡Gracias a Dios! —exclamó—. ¡Si algo maligno se acercó hacia ti es una suerte que lo único dañado sea el velo! No quiero pensar en lo que podrÃa haber pasado.