Jane Eyre

Jane Eyre

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—Sophie comparte habitación con Adèle, ¿no? —me preguntó al ver que encendía una vela.

—Sí, señor.

—Y hay sitio de sobras para ti en la cama de la niña. Duerme con ella esta noche, Jane: no sería extraño que esa mala experiencia te afectara a los nervios, y preferiría que no durmieras sola. Prométeme que harás lo que te digo.

—Con mucho gusto, señor.

—Asegúrate de cerrar bien la puerta por dentro. Despierta a Sophie cuando subas bajo el pretexto de confirmar la hora a la que debe avisarte mañana. Recuerda que debes estar vestida y desayunada antes de las ocho. Y ahora, alejemos estos sombríos pensamientos: olvídate de toda preocupación, Jane. ¿No notas que el viento ha disminuido, que ahora es solo un leve murmullo? La lluvia ya no azota los cristales. ¡Mira! —dijo levantando la cortina—. Hace una noche preciosa.

Tenía razón. La mitad del cielo aparecía impoluto y nítido; las nubes, empujadas por el viento de poniente, avanzaban hacia levante en alargadas columnas plateadas. La luna brillaba serena.

—Y bien —dijo el señor Rochester, mirándome fijamente a los ojos—. ¿Cómo se siente ahora la pequeña Jane?

—La noche se ha calmado, señor, y también yo.


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