Jane Eyre
Jane Eyre Me levanté. No había pajes, ni damas, ni parientes que formaran el cortejo, nadie excepto el señor Rochester y yo misma. La señora Fairfax nos vio pasar desde el vestíbulo. Me habría gustado detenerme para hablar con ella, pero una tenaza de acero me sujetaba la mano. Una tenaza que me arrastraba con tanta fuerza que apenas podía seguirla. El rostro del señor Rochester indicaba que no estaba dispuesto a tolerar un segundo de retraso, bajo ningún pretexto. Me pregunto si algún otro novio compartió su aspecto, tan entregado a una causa, tan decidido a cumplir con su propósito, con los ojos echando fuego.
Ni siquiera sé si hacía buen día o no. Al bajar por el paseo, no miré ni al cielo ni al suelo: tenía los ojos puestos en el corazón, incapaces de ver nada que no fuera el señor Rochester. Quería descubrir al ser invisible que parecía nublar con tanta fuerza su mirada, dándole un aire tan fiero. Quería sentir los pensamientos que se agitaban en su mente, en lucha contra sí mismos.
Se detuvo frente a la reja del cementerio al notar que me faltaba el aliento.
—¿Me estoy comportando de forma cruel, amor mío? —dijo—. Parémonos un instante; apóyate en mí, Jane.