Jane Eyre
Jane Eyre Y ahora recuerdo la imagen de la casa de Dios, de piedra gris, que se alzaba con serenidad ante mí, de un grajo que revoloteaba alrededor del campanario sobre el fondo de un cielo rojizo. También recuerdo algo más: las lápidas salpicadas de verde del cementerio. Y no he olvidado tampoco la presencia de dos figuras desconocidas que caminaban entre las tumbas, leyendo los epitafios grabados sobre la piedra enmohecida. Advertí que, cuando nos vieron, se encaminaron hacia la parte trasera de la iglesia, y no tuve ninguna duda de que iban a entrar por la puerta lateral para asistir a la ceremonia. El señor Rochester no los vio, puesto que sus ojos no se apartaban de mi cara, a la que daba la impresión de faltarle sangre. Sentía la frente húmeda, y los labios y las mejillas fríos. Cuando me recobré, unos segundos después, me acompañó con delicadeza y sin prisas por el sendero que conducía hasta el porche.