Jane Eyre
Jane Eyre Entramos en el sereno y humilde templo. El pastor nos esperaba en el altar mayor, con la sobrepelliz blanca puesta, y el sacristán de pie a su lado. El silencio era absoluto: solo dos sombras se movieron en una esquina. Por tanto, mi suposición se confirmaba: los desconocidos se habían deslizado hacia el interior antes que nosotros y ahora se hallaban cerca de la cripta de los Rochester, de espaldas a nosotros, contemplando la antigua y gastada tumba de mármol que había tras las rejas y al ángel guardián que custodiaba de rodillas los restos de Damer de Rochester, muerto en Marston Moor durante las guerras civiles, y de su esposa Elizabeth.
Ocupamos nuestro lugar frente al altar. Oí el rumor de un paso precavido a mi espalda y lancé una mirada por encima del hombro: uno de los desconocidos, sin duda un caballero, avanzaba hacia el coro. Se inició el servicio. El pastor explicó en qué consistía el matrimonio y prosiguió, inclinándose ligeramente hacia el señor Rochester.