Jane Eyre
Jane Eyre —Os pido que contestéis con sinceridad, teniendo en cuenta que deberéis responder de vuestras palabras en el dÃa del Juicio, cuando reveléis a Dios los secretos de vuestros corazones: si alguno de vosotros conoce algún impedimento que impida que estas dos personas se unan legalmente en matrimonio, que lo diga ahora; porque habéis de saber que toda unión que no siga las normas impuestas por la palabra de Dios no es válida ante Él ni ante los hombres.
Hizo una pausa, como manda la costumbre. ¿Cuántas veces debe haberse roto ese silencio con una réplica? Quizás una en cien años. Y por tanto, el pastor, que no habÃa alzado los ojos del libro, contuvo la respiración durante un momento dispuesto a continuar. Su mano ya estrechaba la del señor Rochester y sus labios se abrÃan para preguntar, «¿Acepta a esta mujer por esposa?», cuando una voz clara y cercana exclamó:
—No puedo permitir que esta boda siga adelante: declaro que existe un impedimento.
El pastor miró al hombre que habÃa pronunciado estas palabras y se quedó mudo; lo mismo hizo el sacristán. El señor Rochester sufrió un leve temblor, como si un terremoto estuviera haciendo crujir el suelo bajo sus pies. Tenso, y sin volver la cabeza, ordenó:
—¡Prosiga!
Esta palabra, dicha en tono ronco, fue seguida de un profundo silencio. Finalmente, el señor Wood dijo: