Jane Eyre
Jane Eyre Y, arrastrándome con fuerza, salió de la iglesia, seguido por los tres caballeros. El carruaje nos esperaba frente a la puerta principal de la casa.
—Llévalo a la cochera, John —dijo el señor Rochester en tono tajante—. No lo vamos a necesitar.
Cuando entramos, la señora Fairfax, Adèle, Sophie y Leah se precipitaron sobre nosotros para felicitarnos.
—¡Apartaos a un lado! ¡Todas! —gritó el señor—. Al diablo con vuestras felicitaciones. ¿Quién las quiere? ¡Yo no! ¡Me llegan quince años tarde!
Las dejó atrás y subió las escaleras, llevándome aún de la mano y exhortando a que los otros caballeros nos siguieran. Eso hicieron: juntos ascendimos las escaleras del piso superior, cruzamos el corredor y nos dirigimos hacia el tercer piso, donde la puerta baja y negra que el señor Rochester abrió con su llave maestra nos condujo hasta la sala de paredes tapizadas, con el gran lecho y el armario pintado.
—Este sitio debe resultarte familiar, Mason —dijo nuestro guÃa—. Fue aquà donde ella te mordió y te apuñaló.