Jane Eyre
Jane Eyre «No, eres tú quien debe salir: nadie puede ayudarte. Eres tú misma quien debe arrancarse el ojo derecho; tú misma quien debe amputarse la mano derecha. Tu corazón será la víctima y tú serás el sacerdote encargado del sacrificio.»
Me incorporé de repente, devastada por la soledad que implicaba un juicio tan despiadado, por esa horrenda voz que era la única que llenaba el silencio. La cabeza me daba vueltas. Estaba a punto de marearme de nerviosismo e inanición: mis labios no habían probado bocado en todo el día. Y, con extrañeza, advertí que en todo el tiempo que llevaba encerrada allí nadie había venido a preguntar cómo me encontraba ni a invitarme a bajar. Ni siquiera Adèle había llamado a la puerta con los nudillos, ni la señora Fairfax había subido a buscarme. «Los amigos siempre se olvidan de los desposeídos a los que abandona la fortuna», murmuré mientras daba la vuelta a la llave y me disponía a salir. Me enfrenté a un obstáculo: todo seguía girando a mi alrededor, no veía bien y me costaba andar. Aún no me había recuperado. Me caí, pero no llegué a tocar el suelo: un brazo fuerte me atrapó. Alcé los ojos. Era el señor Rochester quien me sostenía, sentado en una silla frente a la puerta.