Jane Eyre
Jane Eyre —Por fin sales —dijo—. Llevo horas esperándote, atento al menor movimiento, pero no oÃa nada, ni siquiera un sollozo. Si este silencio mortal llega a prolongarse cinco minutos más, habrÃa forzado la puerta como un vulgar ladrón. ¿Has decidido huir de mÃ? ¿Te encierras para llorar a solas? Hubiera preferido ser la vÃctima de tus vehementes insultos. Eres una mujer apasionada, capaz de hacer una escena de ese estilo. Estaba preparado para enfrentarme a un cálido chorro de lágrimas: lo único que deseaba era que las vertieras sobre mi pecho, y en su lugar has regado con ellas el duro suelo, o ese sencillo pañuelo. ¿O quizá me equivoco? ¡No ha salido el menor llanto de tus ojos! Tus mejillas están pálidas y los ojos vidriosos, pero no advierto ningún rastro de lágrimas. ¿Debo suponer, pues, que tu corazón ha estado supurando sangre?
»Y bien, Jane, ¿ni una palabra de reproche? ¿Ningún comentario amargo o punzante? ¿Nada que lacere mis sentimientos o se clave en mi corazón? Te limitas a permanecer sentada donde te he dejado, mirándome con esos ojos fatigados y sin alma.