Jane Eyre
Jane Eyre »Jane, nunca fue mi intención herirte de este modo. Si un pastor tuviera un único cordero, al que amara como a un hijo, con quien compartiera comida y bebida, y a quien dejara dormir en su regazo, y por error lo hubiera enviado al matadero, no habrÃa lamentado su fallo más de lo que yo lamento el mÃo. ¿Serás capaz de perdonarme?
Lector, debo admitir que le perdoné en ese mismo momento y en ese lugar. Sus ojos expresaban un remordimiento tan profundo, su voz era tan lastimera y de su cuerpo emanaba una energÃa tan varonil y un amor tan inmenso, que en el fondo de mi corazón se lo perdoné todo, aunque no lo dije con palabras y guardé el sentimiento para mÃ.
—¿Sabes que no soy más que un canalla, Jane? —me preguntó ansioso, sufriendo debido a mi prolongado silencio y a mi falta de reacción, resultado tanto de la flaqueza como de la voluntad.
—SÃ, señor.
—Entonces dÃmelo sin rodeos: no me ahorres tus insultos.
—No puedo. Estoy cansada y enferma. Quiero un poco de agua.