Jane Eyre

Jane Eyre

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Yo me quedé sola. Había ganado la partida: era la batalla más dura que jamás había disputado y también mi primera victoria. De pie en el mismo lugar que había ocupado el señor Brocklehurst, disfruté de la soledad que acompaña al conquistador. Al principio sonreí encantada, pero este placer se esfumó con la misma velocidad con que se redujo la aceleración del pulso. Una niña no podía enfrentarse a sus mayores, ni dar rienda suelta a su furia como había hecho yo, sin experimentar después el dolor del remordimiento y el miedo a las consecuencias. La imagen del fuego devorando unas montañas, vivo, vigilante y absorbente, habría sido una buena representación del estado de mi mente mientras acusaba y amenazaba a la señora Reed; las mismas montañas, ennegrecidas y devastadas tras las llamas, serían el reflejo perfecto de mi ánimo media hora después, cuando la reflexión se encargó de mostrarme la locura de mis actos y la profunda tristeza que subyacía bajo tanto odio.

Había degustado por primera vez la venganza: al principio me había parecido un buen vino, cálido y reconfortante; y sin embargo el sabor de boca que dejaba a su paso, metálico y corrosivo, me hizo pensar en un veneno. De buena gana habría corrido a pedir perdón a la señora Reed, pero la experiencia y el instinto me decían que eso solo conseguiría doblar su aborrecimiento hacia mí y alimentar los turbulentos impulsos de mi incontrolada naturaleza.


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