Jane Eyre

Jane Eyre

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Decidí ejercitar alguna facultad distinta a la de hablar con pasión, buscar alimento para borrar de mí esa sombría indignación. Cogí un libro de cuentos árabes, me senté y comencé a leer. Sin embargo, era incapaz de concentrarme en el texto: mis propios pensamientos flotaban entre las palabras escritas que otras veces me habían fascinado. Abrí el ventanal del comedor pequeño. Los arbustos permanecían inmóviles; la escarcha reinaba en los campos sin que el sol ni la brisa disputaran su dominio. Me tapé la cabeza y los brazos con la sobretela de mi vestido y salí a pasear por la zona más aislada, sin hallar el menor placer en los silenciosos árboles, las piñas caídas, las reliquias de las heladas del otoño: hojas rojizas que el viento esparcía para luego agrupar de nuevo. Me apoyé en la verja y observé un campo vacío en el que no había ovejas paciendo, donde la hierba cortada se había teñido de blanco. Era un día muy gris: un cielo opaco que amenazaba nieve se extendía por encima del paisaje. Comenzaban a caer algunos copos, acumulándose en el sendero o en el prado sin llegar a fundirse. Permanecí erguida, sintiéndome profundamente desgraciada y preguntándome una y otra vez en un susurro: «¿Qué será de mí? ¿Qué será de mí?».

De pronto llegó hasta mí una voz clara que gritaba:


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