Jane Eyre

Jane Eyre

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—¡Señorita Jane! ¿Dónde se ha metido? ¡Es hora de comer!

Reconocí de inmediato los gritos de Bessie, pero no me moví. Sus pasos se acercaron por el sendero.

—¡Condenada cría! —exclamó—. ¿Se puede saber por qué no acude cuando se la llama?

Comparada con los pensamientos que me habían acosado, la presencia de Bessie me infundió alegría, aunque, como de costumbre, ella estaba de bastante malhumor. Lo cierto es que después de la victoria obtenida sobre la señora Reed yo no estaba dispuesta a preocuparme lo más mínimo por los fugaces enfados de la niñera, y en cambio sí ansiaba buscar consuelo en su corazón juvenil.

—¡Bessie! ¡No me riñas más, por favor! —dije, echándole los brazos al cuello.

Esa acción sincera y espontánea, y por lo tanto impropia de mí, tuvo la virtud de agradarle.

—Es usted una niña muy rara, señorita Jane —dijo sin dejar de mirarme—, una criatura vagabunda y solitaria. Supongo que ya sabe que se irá al colegio…

Asentí.

—¿Y no echará de menos a la pobre Bessie?

—¿Acaso Bessie se preocupa por mí? Siempre me está regañando por algo.

—Porque usted es una niña desconfiada y asustadiza. Debería mostrar más valor.


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