Jane Eyre
Jane Eyre Me acerqué a unas casas, pasé de largo; volvà a ellas y de nuevo las dejé atrás. Me detenÃa la conciencia de no tener ningún derecho a pedir nada, ni a esperar que nadie se tomara la menor molestia por el destino de una desgraciada desconocida. Mientras tanto, la tarde avanzaba y yo deambulaba por la calle como un perro hambriento. Al cruzar uno de los campos, vi la torre de la iglesia y fui hacia ella. Cerca del cementerio, en medio del jardÃn, se alzaba una casa pequeña y sólida, que era sin duda la rectorÃa. Recordé que los forasteros que llegan a un lugar donde no tienen amigos ni trabajo a veces acuden al párroco en busca de ayuda. Es tarea del párroco brindar consejo y apoyo a aquellos que han de velar por sà mismos. Creà tener derecho a buscar una mano amiga en ese lugar. Saqué fuerzas de flaqueza e hice acopio de toda mi energÃa para dirigirme a la casa y llamar a la puerta de la cocina. La abrió una vieja mujer y le pregunté si eso era la rectorÃa.
—SÃ.
—¿Se halla el párroco en casa?
—No.
—¿Volverá pronto?
—No, ha tenido que ausentarse.
—¿Muy lejos?