Jane Eyre
Jane Eyre —No demasiado, a unos cinco kilómetros. La súbita muerte de su padre le ha obligado a desplazarse. Está en Marsh End, y supongo que se quedará allà al menos dos semanas.
—¿Está la señora de la casa?
—No, solo yo, el ama de llaves.
Lector, no pude soportar ponerme a mendigar por el alimento que mi cuerpo pedÃa a gritos. No tuve valor para pedÃrselo y me fui.
De nuevo cogà el pañuelo y mi mente recordó los panecillos de la tienda. ¡HabrÃa dado lo que fuera por unas migas, por un mendrugo para aplacar el hambre! Instintivamente volvà la mirada hacia el pueblo. Fui a la tienda, entré, y pese a que habÃa otros clientes, me atrevà a pedirle uno de los panecillos a cambio del pañuelo.
Me miró recelosa.
—No, no hago intercambios de ese tipo.
Al borde de la desesperación, probé con medio panecillo pero ella volvió a negarse. «¿Cómo sabÃa ella de dónde habÃa sacado el pañuelo?»
—¡Quédese con los guantes!
—¡No! ¿Para qué los quiero?