Jane Eyre
Jane Eyre Me lanzó una mirada de sorpresa, pero, sin decir nada, cortó una rebanada de pan y me la dio. Supongo que me tomó por una dama excéntrica que habÃa sentido de repente el antojo de probar un pedazo de pan moreno. Tan pronto como perdà la casa de vista, me senté a comerlo.
No esperaba conseguir alojamiento bajo techado, asà que me fui al bosque que mencioné antes. Pasé una noche terrible: la tierra estaba húmeda y el aire era frÃo. Además, varios caminantes pasaron muy cerca y me vi obligada a cambiar de lugar, buscando en vano un sitio tranquilo y seguro. De madrugada empezó a llover. La humedad se mantuvo durante todo el dÃa siguiente. Por favor, lector, no me preguntes por ese dÃa. Busqué trabajo como el dÃa anterior y obtuve el mismo rechazo que ya conocÃa; busqué comida como el dÃa anterior y pasé la misma hambre. Solo en una ocasión conseguà algo que echarme a los labios. Vi a una niña que tiraba unas gachas frÃas a los cerdos.
—¿Me lo das? —pregunté.
Ella me miró.
—¡Mamá! —gritó—. Aquà hay una mujer que me pide las gachas.
—Bueno, dáselas —replicó una voz desde el interior—. Ni los cerdos las quieren.
La niña volcó el mejunje maloliente en mis manos y yo lo devoré sin dejar rastro.