Jane Eyre
Jane Eyre Se hacía de noche, la humedad persistía, y opté por detenerme en un camino muy solitario que había tomado hacía más de una hora.
«Me fallan las fuerzas —me dije—. Presiento que no podré continuar así durante mucho tiempo. ¿Tendré que dormir al raso también esta noche? ¿Tendré que apoyar la cabeza sobre el suelo frío y empapado mientras cae la lluvia? Sé que no puedo hacer otra cosa: ¿quién me acogerá? Pero será terrible: con este sentimiento de hambre, desmayo, frío y esta sensación de desaliento, esta absoluta mutilación de las esperanzas. Lo más probable es que muera antes de que amanezca. ¿Y por qué no puedo conformarme con la perspectiva de la muerte? ¿Por qué sigo luchando para prolongar esta vida sin valor? Porque sé, o quiero creer, que el señor Rochester aún vive; y por eso, morir de necesidad y de frío es un destino que mi naturaleza no puede admitir sin resistirse. ¡Oh, Providencia! Sosténme un poco más… ¡Que alguien me guíe!»
Mis ojos vidriosos enfocaron el lúgubre y difuso paisaje. Vi que me había alejado del pueblo hasta perderlo de vista. También las tierras de cultivo habían desaparecido. De nuevo me hallaba en los páramos; solo unos pocos campos, casi tan salvajes y estériles como el brezo que los había invadido, me separaban de la colina en sombras.