Jane Eyre
Jane Eyre La mujer se levantó y abrió una puerta, que conducÃa, por lo que pude ver, a un corredor. No tardé en oÃrla avivar el fuego de una de las estancias interiores. Volvió unos minutos después.
—¡Ay, niñas —dijo—, qué poco me gusta entrar en esa habitación: se ve tan vacÃa con la silla desocupada y arrinconada…!
Se enjugó las lágrimas con el delantal. Las dos chicas, antes serias, tenÃan ahora una expresión de tristeza en sus rostros.
—Pero él está en un lugar mejor —prosiguió Hannah—, no deberÃamos desear que aún estuviera aquÃ. Además, nadie puede pedir una muerte más dulce.
—¿Nos dijiste que ni siquiera llegó a llamarnos? —preguntó una de las jóvenes damas.