Jane Eyre
Jane Eyre Y se dispuso a preparar la cena. Las damas se incorporaron y parecían a punto de abandonar el salón. Hasta ese momento, yo había estado tan absorta en la tarea de observarlas, su apariencia y conversación habían llamado de tal modo mi atención, que casi había olvidado mi desgraciada situación, que ahora volvía con más fuerza, más desesperación si cabe debido al contraste. ¡Y qué imposible parecía despertar compasión en las habitantes de aquella casa, convencerlas de la sinceridad de mis necesidades y de mis súplicas, inducirlas a que me dieran cobijo en aquella noche lluviosa! Mientras me acercaba a la puerta y llamaba sin convicción, sentí que la simple idea era ya una quimera. Abrió Hannah.
—¿Qué quiere? —preguntó en tono de sorpresa mientras me observaba a la luz de la vela que sostenía en la mano.
—¿Puedo hablar con las señoras? —dije.
—Es mejor que primero hable conmigo. ¿De dónde viene?
—No soy de por aquí.
—¿Y qué la trae por nuestra casa a estas horas?
—Necesito un lugar donde pasar la noche, en la casa o donde sea, y un poco de pan.
La desconfianza, el sentimiento que más temía ver, se dibujó en los rasgos de Hannah.