Jane Eyre

Jane Eyre

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—Le daré un trozo de pan —dijo tras una pausa—, pero no podemos acoger en la casa a una vagabunda. No está bien.

—Por favor, déjeme hablar con sus señoras.

—Desde luego que no. ¿Qué pueden hacer ellas por usted? No debería andar por la calle a estas horas. Parece usted enferma.

—Pero ¿adónde voy a ir si usted me echa? ¿Qué voy a hacer?

—Oh, seguro que sabe dónde meterse y qué puede hacer. Aquí tiene un penique. Váyase.

—Con un penique no puedo comprar comida y no me quedan fuerzas para seguir. ¡No cierre la puerta! ¡No, por favor! ¡Por el amor de Dios!

—Tengo que cerrar. Llueve mucho y está entrando agua…

—Dígaselo a las damas jóvenes. Déjeme verlas…

—Ya le he dicho que no. Usted no es lo que aparenta o no metería todo este ruido. ¡Lárguese!

—Moriré si me obliga a irme.

—¡Qué se va a morir! Yo diría que ya tiene hechos sus planes, por eso llama a las puertas de las casas a estas horas de la noche. Si tiene detrás a una banda de ladrones al acecho, ya puede decirles que no estamos solas en la casa: hay en ella un caballero… ¡Y perros, y armas!


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