Jane Eyre

Jane Eyre

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Con esta declaración la honesta e inflexible criada cerró la puerta y dio la vuelta a la llave.

Ese fue el punto álgido. Un espasmo de terrible sufrimiento —un ataque de verdadera desesperación— me desgarró el corazón. Estaba agotada, no podía dar un paso más. Me dejé caer en el húmedo suelo frente a la puerta. Gemí, me retorcí las manos, grité poseída por la angustia. ¡Oh, espectro de la muerte! ¡Oh, última hora que te acercas con todo este horror! ¡Que acabe esta soledad, este rechazo de mis iguales! Por un momento se esfumó no solo el ancla de la esperanza sino también la última brizna de fortaleza, pero hice esfuerzos para recobrarla.

—Solo me queda morir —dije en voz baja—. Creo en Dios. Esperaré su voluntad en silencio.

Con estas palabras empujé hacia el corazón toda la angustia que sentía y la obligué a permanecer allí, silenciosa y yerta.

—Todos moriremos —dijo una voz desde muy cerca—, pero no todos están condenados a una muerte lenta y prematura, como sería la suya en estas circunstancias.

—¿Quién habla? —pregunté, aterrada ante ese sonido inesperado e incapaz de esperar de él ninguna ayuda.


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