Jane Eyre

Jane Eyre

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A mi lado distinguí una sombra, pero mi propia debilidad y la oscuridad de la noche me impedían verla bien. El recién llegado llamó a la puerta con energía.

—¿Es usted, señor Saint John?

—Sí, abre, rápido.

—¡Debe de estar aterido con este frío! Hace una noche espantosa. Entre, sus hermanas sufrían por su tardanza. Además, creo que hay mala gente por los alrededores. Acaba de llamar a la puerta una mendiga… ¡Pero si aún sigue ahí! ¡Tirada en el suelo! ¿No le da vergüenza? ¡Levántese y márchese de una vez!

—Cállate, Hannah. Quiero hablar con esta mujer. Tú has cumplido con tu obligación echándola, yo cumpliré con la mía acogiéndola. Estaba cerca y he oído vuestra conversación. Tengo la impresión de que se trata de un caso extraordinario; al menos quiero darle una oportunidad. Señorita, póngase en pie y entre en la casa delante de mí.

Le obedecí con dificultad. Me encontré en la limpia y reluciente cocina, pegada al fuego, temblorosa y mareada. Era consciente de que mi imagen debía ser lamentable, toda empapada y desaliñada. Las dos hermanas, el señor Saint John y la criada no apartaban sus ojos de mí.

—Saint John, ¿quién es? —oí que preguntaba una de ellas.


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