Jane Eyre
Jane Eyre —No lo sé. La he encontrado en la puerta —respondió él.
—Está muy pálida —comentó Hannah.
—Blanca como la cera, como la muerte —fue la respuesta—. Se desmayará; es mejor que se siente.
Y era cierto: la cabeza me daba vueltas. Me caÃ, pero mis huesos dieron sobre una silla. Aún no estaba inconsciente, pese a que me era imposible articular palabra.
—A lo mejor un poco de agua la hace reaccionar. Hannah, trae un vaso de agua. Dios, está en los huesos. ¡Qué delgada y qué pálida!
—Parece un fantasma.
—¿Está enferma o solo hambrienta?
—Hambrienta, creo. Hannah, ¿eso es leche? Dámela, y un poco de pan.
Diana (la reconocà por los largos tirabuzones que colgaban entre el fuego y yo cuando se inclinó) cortó un poco de pan, lo mojó en la leche y me lo puso en los labios. Su cara estaba muy cerca de la mÃa: en ella advertà compasión, y su respiración entrecortada y las palabras que me dijo me transmitieron la misma emoción.
—Intente comer.
—SÃ, haga un esfuerzo —repitió Mary en tono amable, mientras me despojaba del mugriento sombrero y me alzaba la cabeza.