Jane Eyre

Jane Eyre

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De algún modo el hecho de haber cruzado el umbral de esa casa y de hallarme cara a cara con sus habitantes borró de mí aquella sensación de ser una vagabunda, una proscrita, una desamparada. Me atreví a dejar de lado el papel de mendiga y recuperé mi carácter habitual. Comencé a reconocerme de nuevo a mí misma, y por tanto, cuando el señor Saint John me pidió unas explicaciones que en ese momento eran demasiado para mí, le dije tras una breve pausa:

—Señor, no puedo darle ningún detalle esta noche.

—Bien —repuso él—, entonces, ¿qué es lo que espera que haga por usted?

—Nada —respondí.

No conseguía dar más que respuestas muy breves. Diana tomó la palabra.

—¿Quiere decir que ya le hemos prestado toda la ayuda que necesita? ¿Qué ya podemos arrojarla a las fauces de esa noche fría y lluviosa?

La miré. Pensé que su rostro era muy expresivo, y que en él se leía bondad y energía. Hice acopio de valor y, respondiendo a su mirada compasiva con una sonrisa, le dije:


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