Jane Eyre

Jane Eyre

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—Confío en ustedes. Si fuera un perro callejero, sé que no me apartarían del calor de su hogar en una noche como esta. Por ello, no albergo ningún temor. Hagan por mí lo que les dicte su conciencia, pero ahórrenme el esfuerzo de un discurso muy largo… Se me corta el aliento y me mareo cuando hablo durante mucho rato.

Todos me miraron fijamente sin decir una palabra.

—Hannah —dijo el señor Saint John por fin—, déjala aquí sentada de momento y no le hagas más preguntas. Dentro de diez minutos, dale el pan con leche que queda. Mary, Diana, vayamos al salón y discutamos el asunto.

Se marcharon. Una de las damas, no podría decir cuál, volvió enseguida. Allí, sentada cerca del fuego, un agradable sopor fue apoderándose de mí. La joven dio algunas instrucciones a Hannah en voz baja. Después, la criada me ayudó a subir una escalera: me despojaron de las ropas mojadas y pronto me acomodaron en una cama caliente y seca. Di gracias a Dios. La fatiga no me impidió experimentar un sentimiento de gloriosa alegría segundos antes de dormirme.


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